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¿Cuánta lana necesita una chaqueta?

25 mayo, 2022 a las 15:47/ por
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Una señora muy mayor entró el otro día en un bazar y le preguntó al dueño chino que atendía en el mostrador:
- “¿Qué pasa con la lana? Que antes con un ovillo me llegaba para una chaqueta y ahora no me llega ni para media”
- “¿Qué le pasa a la lana?”, le preguntó el dueño a su esposa, también china, que estaba a su lado en el mostrador “¿Sabes? Yo no sé qué le pasa a la lana”.
- “Eso ¿qué le pasa a la lana?”, insistía la señora mayor.
- “No sé”, contestaba el dueño. “No le pasa nada, es igual que siempre”.
- “No lo es”, insistió la señora. “Si lo sabré yo, con la de chaquetas que llevo. Ahora no me llega ni para media”.

Y ahí, en ese silencio, se perdió la mitad de la lana. La sensación de indefensión que provocaba esa mujer mayor en el bazar era parecida a la que vemos sufrir a Ellen Martin (la mujer interpretada por Meryll Streep) en la película “Dinero sucio” cuando intenta cobrar una indemnización, una indefensión que en la película vemos que se extiende a toda la red alrededor de esa mujer. Dinero sucio es una película sobre cómo el mundo se nos ha hecho inmenso, inabarcable, abrumador. Cuando desaparece la mitad de la lana, hay tantos eslabones hasta la fábrica de lana en China, que no sabemos ni a quién podemos reclamar, o si valdrá la pena, o si tendremos el dinero para recurrir a la justicia. Esa película es una buena manera de ver todo el proceso, resumido en 96 minutos, en lugar de ponernos a investigar dónde ha desaparecido la mitad de la lana.

El mundo ya no es humano. El dinero viaja inmediatamente de un móvil a otro. Podemos ver íntegro y gratis el concierto que dio Hendrix en 1969 en Estocolmo. El edificio donde vivimos, el bloque de viviendas, el barrio donde vivimos, puede ser comprado por fondos de inversión que multiplican los precios hasta ser imposibles pagarlos. Las empresas pueden fabricar en cualquier país con precios infinitamente bajos con los que es imposible competir. Nos han hecho creer que ya no vale de nada que nos unamos para luchar. Vamos perdiendo derechos laborales y civiles sin que sepamos cómo parar el tsunami (Spoiler: sigue siendo igual que siempre, unirse para luchar, pero nos han hecho creer que no vale para nada…mientras que cada cambio que hay actualmente a nuestro favor tiene PRECISAMENTE ese origen de lucha colectiva).

No lo comento como si fuera algo malo. Ni bueno. Tiene muchísimas ventajas. Ese es el problema… La digitalización nos ha permitido durante la pandemia hablar con nuestros seres queridos que vivían lejos o que tienen una salud delicada viendo sus caras, sus sonrisas, sus lágrimas, su casa… Nos permite consultar en google cualquier duda que nos surja. Nos permite investigar si, a alguien se le había ocurrido antes la idea aparentemente brillante que acabamos de tener. Nos permite no sentir la soledad inmensa que se sentía el siglo pasado cuando no encajabas en tu entorno por tus gustos, tu identidad… La lista de ventajas es interminable.

Pero también ha traido que nuestro cerebro (al menos de momento) no es capaz de abarcar todo lo que podemos “absorber” por nuestros ojos y oídos. Y el día sigue teniendo 24 horas, seguimos teniendo el mismo tiempo para abarcar muchísimo más.

Como si fuera la lotería, con miles de números para elegir sin saber cuál será el premiado, se pueden encontrar miles de personas en las aplicaciones de quienes buscan pareja, tener relaciones sexuales y/o compartir intimidad con alguien. Si se está buscando a alguien con quién casarse, no es raro tener la sensación de ¿me habré equivocado eligiendo a esta persona?¿no sería mejor alguien que aún no he visto entre los cientos de personas que me gustaban? Y así nos podemos pasar horas viendo perfiles. O leyendo TODO lo que queríamos saber sobre un tema. O descargando TODA la música que siempre habíamos deseado tener. O subiendo contenidos a nuestro propio “canal de televisión”, sea en la red social que sea, para que la gente vea lo que hacemos…en dura competencia con los millones de personas que suben contenido cada vez más llamativo.

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Y ahí nos podemos pasar horas y horas, sea publicando nuestro propio contenido o viendo el contenido de otras personas. Y es mundialmente sabido que todas las aplicaciones y aparatos están diseñados para ser cada vez más rápidos y entretenidos para poder pasar todo el tiempo posible en redes y plataformas muy baratas o gratuitas a cambio de ver publicidad constantemente. El algoritmo ya no nos invita a lo que nos puede ser más útil sino a lo que nos puede llamar más la atención.

Se nos va la mitad de la lana pero no sabemos ni a quién preguntar qué ha pasado con la otra mitad. Se nos va la mitad del día en no sabemos qué, se nos pasan las horas, no conseguimos leer todo lo que queríamos leer, no conseguimos hacer todo lo que queríamos hacer.

¿Una solución? Ni idea. Lo que sí me ayuda a vivir mejor en medio de los efectos de la post-pandemia y el sudoku diario de repartirme entre las mil cosas que hago es volver al cuerpo: volver a los tiempos del cuerpo. Si estás haciendo calceta o ganchillo para una chaqueta, hay un ritmo que puedes mantener y en el que estás a gusto. Los ritmos de dormir bien, de hacer algo de ejercicio, de comer lo mejor posible, de sentir el contacto físico con personas queridas, de respirar. Un truco que aprendí en yoga hace 20 años (el tiempo que llevo sin practicarlo) para respirar profundamente es echar (no inspirar) tooooooodo el aire posible, hasta la última gota de aire que te quede. Hasta que no te queda nada de nada de nada de aire. Y entonces tu cuerpo, solo, inspirará todo el aire que necesita. Y unas pocas respiraciones así ayudan a bajar el ritmo y centrarse en las dos cosas que más me ayudan en esta postcovid-previruela: preguntarme cómo me siento cada día varias veces y conectar con las personas a quiénes quiero.

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