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Entrevista a Araki (a propósito de la campaña de Etnia Barcelona)

30 diciembre, 2012 a las 11:00/ por
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Para quien no conozca al fotógrafo Araki, unos pocos detalles: 

  Y la entrevista, publicada por El Mundo, que me pasó Sedaris. Se la hicieron con motivo de su trabajo para Etnia.

«La fotografía se parece a la muerte»

RAFA RODRÍGUEZ / Madrid
El Godzilla de la fotografía vuelve a rugir. Y no es (sólo) una metáfora: cuidado con preguntarle algo que considere una idiotez, porque entonces Nobuyoshi Araki (Tokio, 1940) suelta un bufido y hasta puede que te diga tonto. Nunca ha sido fácil comunicarse con el último genio japonés de la fotografía (efecto lost in translation aparte): apenas se mueve y habla fuera de su isla. Etnia Barcelona, la compañía óptica catalana fundada por David Pellicer, tuvo que volar hasta la capital nipona para ficharlo para la próxima campaña publicitaria de la firma. Una vez en
su terreno de juego, dicen que aceptó el reto de inmediato.

A sus 72 años, superado el cáncer de próstata que le diagnosticaron en 2008, el hombre al que sus paisanos se refieren por igual como maestro que como monstruo comparece tan activo como siempre. Sigue editando una media de 20 libros al año (lleva alrededor de 450 publicados), acaba de exponer en San Francisco y no ha perdido su apetito sexual.

Cuenta la leyenda que Araki le hace el amor a toda mujer que se le pone a tiro, y no sólo con su cámara. Desde que publicara Viaje sentimental(1971), el libro con las fotos que hizo de su mujer, la ensayista Yoko Araki (fallecida en 1990), durante su luna de miel, ha estado en el ojo de huracán por la fuerte carga erótica/sexual de sus imágenes, se trate de una flor, de un socavón en el suelo o de Lady Gaga. Björk, Yayoi Kusama y Haruki Murakami también han desfilado ante ese lúbrico objetivo que le ha valido el reconocimiento mundial especialmente por su obsesión con el refinado arte de las ataduras sadomasoquistas a la japonesa. Taschen ya le ha dedicado un par de volúmenes al tema. El primero, de 2002, se cotiza hoy a casi 4.000 euros, el doble de su valor inicial. El segundo, titulado inevitablemente Bondage, está recién salido del horno.

Pregunta.– ¿Cómo se ve la vida a través de una lente que, según dice, «siempre está en erección»?
Respuesta.– Los fotógrafos son dos personas en una, todos son mitad Eros, mitad Tánatos. Por eso yo los denomino Erotos, como saben bien los que me conocen. La fotografía trata simplemente de captar un segundo en la vida de alguien, o un segundo en algún lugar en una parte del mundo, y es lo que la hace excitante. Tienes el poder en tus manos y, sí, eso es como tener una erección permanente.

P.– Usted comenzó retratando a la mujer como objeto y ha terminado tratándola como sujeto, supongo que por eso también dijo que, en cierto momento, su cámara pasó de ser una «extensión de su pene» a convertirse en «una vagina». ¿Cuánto ha tenido que ver el amor con ese cambio de perspectiva?
R.– Siempre he tratado de contar alguna historia de la mujer que fotografío desde una hora antes de empezar la sesión hasta una hora después de terminar. Ahora intento que ya no sea así, aunque tampoco me importa si esa historia me persigue. Tengo mucho respeto por el objeto cuando disparo, igual que cuando edito un libro, pero siento que todo va mejor cuando puedo
despegarme de él. Soy más yo mismo en el resultado. 

P.– ¿Entonces llega al orgasmo en el momento preciso del disparo o al ver el resultado final?
R.– Cada chica que fotografío piensa que después puede seguir teniendo una relación sexual conmigo, pero yo termino eyaculando al mismo tiempo que finaliza la sesión. El verdadero erotismo estaba en las partes que escondía la ropa.

P.– Usted habla de su experiencia como de un «viaje sentimental». De hecho, así se titula su libro más emblemático. ¿Me equivoco si le digo que, en el fondo, es un romántico?
R.– En realidad es una cuestión de comportamiento. Me explico: elhecho que importa de verdad en un retrato es si la persona lo encara de manera consciente o inconsciente. Y yo no quiero que el sujeto sea consciente de cuál es la parte de mi trabajo para que sea él o ella quien se revele al final. No quiero la pose, sino la emoción que aparece de pronto en un rostro.
Esa manera de actuar es lo que llamo «sentimental». O fotografía.

P.– ¿Por eso siempre se percibe cierta melancolía, cierta sensación de pérdida, en sus imágenes, ya sea una escena de bondage, un retrato de familia o una foto de su gato?
R.– No sabría decirlo en el caso de las mujeres, pero creo que para los hombres es importante conservar la mente de un niño. Quizá una mente infantil resulte más atractiva que la inteligencia… Por otro lado, fotografiar es la acción más cercana a la muerte. Es el acto de detener, de fijar… La fotografía empezó borrando los colores. Y eliminar el color, parar los cuerpos en movimiento es muy parecido a lo que hace la muerte.

P.– ¿Se considera antes un documentalista o un fotodiarista que un mero fotógrafo?
R.– Todo comienza no con el objeto sino con la relación que tienes con él. En la fotografía debe haber sentimiento y emoción. Y, de acuerdo a la emoción, la situación cambia, igual que la luz natural. La mejor fotografía es la que me sorprende por su naturalidad, por cómo el fotógrafo no ha dudado en presionar el obturador en ese momento. Cómo lo llames da igual.

P.– ¿Y esa obsesión por documentar todo lo que sucede a su alrededor y luego catalogarlo en forma de libros? 
R.– Es la secuencia de mi vida. No quiero olvidar nada.

P.– La mayoría de sus libros están en japonés y sólo se editan en su país, lo que limita la difusión de su obra en Occidente, donde se le conoce sobre todo por el coffe table sobre el kinkabu (o shibari, antigua variación artística nipona del bondage) que editó Taschen. ¿Está contento con el impacto de esa monografía o le molestó que ofreciera una visión reduccionista de su trabajo?
R.– A veces dejo que sea un editor o un diseñador gráfico el que produzca alguno de mis libros de fotografía, algo que, por otro lado, me confirma que mi manera de hacerlo es mejor. La razón por la que lo permito es que tampoco me parece que sea para tanto. A veces, incluso descubren enfoques que a mí se me escapan y pueden aportar algo más. Además, prefiero usar mi tiempo para disparar antes que para editar. Me gusta la acción.

P.– Si la provocación, como la belleza, está en el ojo del espectador, ¿por qué la sociedad sigue alterándose ante imágenes con carga sexual y necesita catalogarlas como pornografía?
R.– La mentalidad de la gente es contradictoria. Existe un genuino puritanismo que actúa como un muro, pero a todos nos excita ver imágenes sensuales.

P.– ¿Le ofende todavía que le llamen pervertido o viejo verde? 
R.– Hay tantos estilos en mi fotografía como fotógrafos dentro mí. Uno me critica, el otro me ridiculiza… Puedo con todo.

P.– ¿Qué cree que es lo que busca la gente cuando le piden que les retrate? Porque lo de fotografiar a Lady Gaga en plan bondage resultó una obviedad hasta para ella…
R.– El sonido del obturador transforma a la modelo en mujer. En ese sentido, la cámara posee una especie de técnica de comunicación propia con la modelo, aunque también depende de qué cámara elija para fotografiar a según quién. Tras varios minutos de vacío, de repente disparo. Y eso nos hace arder, entrar en combustión.

P.– Para alguien que prefiere desvestir a vestir a sus modelos, ¿cómo es su relación con la moda?
R.– Moda es un término genérico. Tengo la misma relación con ella que con el arte o con la cultura. Todo forma parte de mi vida.

P.– ¿Qué le motivó para aceptar un trabajo comercial como fotografiar la colección de gafas de Etnia?
R.– El color. Los colores de estas gafas hacen relevantes la cara, el pelo, los dedos, la piel… Ponerse color es el momento más bello que puede disfrutar una persona. Por otro lado, no hago distinciones entre trabajo personal y comercial.

P.– En las imágenes de la campaña no faltan los elementos sadomaso e incluso en alguna ha dispuesto las gafas sobre la modelo en plan nyotaimori (presentación del sushi sobre el cuerpo desnudo de la mujer). ¿Tanta libertad le dieron?
R.– ¡Sabía que al cliente le iba a gustar la escena, ja, ja, ja!

P.– Usted usa gafas, nada discretas, por cierto. 
R.– No me gusta salir en las fotos, así que, cuando me toca, aparezco como un Pierrot.

P.– Supongo que estará preparando nuevo libro. ¿Puede decirme de qué va?
R.– No, no puedo.

P.– ¿Y qué hay de Nihonjin no kao, su proyecto de retratar familias de todo Japón en sus propias casas? ¿Tendrá fin?
R.– De hecho, está casi terminado. Ahora estoy explorando la zona de Tokyo Dome, un área del centro de la capital donde vive gente de todas las partes del país.

P.– Una vez dijo que no se dedica a la fotografía ni por el arte ni por el dinero ni por la fama. ¿Por qué lo hace entonces?
R.– Hace poco solté que no me importa la fama, pero sí el dinero… Bromeaba, claro. En fotografía, el instinto es más importante que el talento. Cuando mi humor es negativo, mi fotografía se vuelve positiva. Y si la imagen es negativa, entonces yo la hago positiva. Es el Ying y el Yang, como en la vida misma. Fotografiar es vivir.

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