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La realidad erótica invisible (1)

27 julio, 2015 a las 11:00/ por

Para hablar del erotismo invisible, de lo que ha desaparecido de nuestra cultura visual, era necesario primero hablar de las primeras representaciones masivas del erotismo. Una reproducción de un motivo erótico, de por sí, no crea un modelo, a no ser que se le den cualidades superiores, a no ser que se jerarquice, se superiorice: Si nos dicen que estamos viendo a la diosa de la belleza o al canon humano masculino es inevitable que nos comparemos, porque, precisamente, se nos presentan como modelos.

Pero las imágenes distribuidas masivamente son algo más complicado de manejar. Si cada vez que vemos fotografías/videos de vulvas, tienen todas el mismo aspecto, y no vemos las vulvas de quienes tenemos alrededor, es inevitable pensar que la mayoría son así, como bien explicaba un documental de hace tiempo (ininglis) sobre el retoque fotográfico de las vulvas en las revistas porno para que sean todas iguales. Se sustituye la realidad para que no resulte ¿ofensiva? y en su lugar se vean unas vulvas infantilizadas. El hecho de que por ejemplo esas vulvas se retoquen tiene una complicación añadida: Buscan que se parezcan a un modelo, a un coño ideal, que no sabemos cual es. No existe el Coño Oficial, admitido por la Real Academia al que todos deben parecerse, sino que deben parecerse a lo que cada cual ha visto en su propia experiencia. Y claro, normalmente se han visto muchísimos más coños en imágenes distribuidas masivamente que a nuestro alrededor… Lo mismo pasa con las pollas, claro. O simplemente con los cuerpos, tan parecidos todos en las películas, tan distintos todos en una playa nudista.

 

 

Ese es el efecto de la imagen masiva: Es ubicua, frente a los otros ejemplos que parecen excepciones frente a tantos cuerpos perfectos, o al menos, tan poco cotidianos. Lo que pasa es que, al denunciar ese choque entre ideal y realidad, normalmente no solemos ir más allá de la imagen del porno y la publicidad impuesta frente a la de nuestros cuerpos de-andar-por-casa. Y la realidad es que hay una cantidad inmensa de «realidad» que ha desaparecido en la representación visual masiva y, como todo lo que desaparece, no es tan sencillo darse cuenta de que no está ahí.

¿Cuándo ha sido la última vez que has visto una pareja bisexual? Puedes cruzarte a una pareja de chico y chica y pensar que son heterosexuales, cuando a lo mejor son bisexuales tanto ella como él. Damos por hecho que son pareja, porque son chico y chica ¿Cuantos señores mayores nos hemos cruzado que eran pareja y ni nos dimos cuenta por no ser conscientes de que esa imagen no la teníamos catalogada en nuestro archivo mental? ¿Cuantas parejas en realidad eran sólo parte de una relación poliamorosa, o con más gente?¿Cuántas personas nos cruzamos que son swingers y amantes habituales?

Y cuando te fijas en alguien en la calle… ¿estás viendo un hombre?¿una mujer? ¿alguien intersexual?¿cómo has decidido que es hombre? Por sus genitales es imposible, porque no se los has visto ¿Quizá porque no tiene tetas?¿por el tipo de ropa, de movimiento? ¿sabes si es transexual de mujer a hombre?¿quizá transgénero?¿quizá género fluido?.

Esa cultura visual es de las que más ha influido en la evolución del BDSM: El que se haya centrado toda su cultura visual en el dolor en lugar de en el poder. En las conductas en lugar de los procesos mentales tan profundos que se producen. Porque el dolor, el castigo corporal es algo que sucede a veces, pero no siempre. En cambio el intercambio erótico de poder, el que alguien domine y alguien obedezca, ese es el elemento común a toda situación BDSM, el elemento que siempre está presente. ¿Y qué ha influido para que eso suceda? Pues seguramente que cuando se empezaron a hacer fotografías eróticas era mucho más fácil que se viera como una persona golpeaba a otra, como la pisaba, como se arrodillaba (conductas) en lugar de miradas, esperas, actitudes que son imposibles de mostrar en una fotografía, y que son más complicadas en vídeo (y menos efectistas) que los azotes.

 

 

La cámara sólo puede disparar cuando tiene un objetivo, cuando apunta a algo visible, obvio, inmediato. Los orígenes de la fotografía, del cine (que era mudo) han acuñado aquella frase —de 1911, precisamente esa época— de «una imagen vale más que mil palabras», como si una debiese sustituir a la otra, en lugar de complementarse. Y eso ha hecho que parezca que debamos deducir, imaginar, suponer a partir de una fotografía, de la imagen que nos hemos hecho de una persona. Lo malo es que eso sólo ayuda a perpetuar unos pocos modelos que se pueden transmitir visualmente e invisibiliza un montón de realidades que sólo conoceremos hablando, preguntándoles a esas personas, averiguando más sobre esa situación.

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La imagen principal es de una travesti italiana fotografiada por Goeden en el siglo XIX

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