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Lo personal y lo político

23 mayo, 2024 a las 15:57/ por

Hace una década conocí a una lesbiana feminista* que durante años y años había luchado, junto al resto de compañeras, también lesbianas y feministas, contra la construcción de pareja monógama, posesiva, con exclusividad, con esas dinámicas burguesas, patriarcales, capitalistas que conocemos. La lucha de todas ellas fue antes de que se conociera el término «poliamor». Y me contaba esta mujer el precio que había tenido esa lucha para su salud mental y la de sus compañeras. Depresiones profundas y durante años, medicación, terapias y elegir tener relaciones monógamas que, por lo menos, se mantenían hasta cuando ella me lo contó.

La frase que me dijo ella en ese momento, y que transmito, para quién pueda ser útil, fue «Pusimos la ideología por encima de los sentimientos». Algo que recuerdo en los talleres, charlas, y que mucha literatura, estudios y experiencias avalan: que, como seres humanos, tenemos la capacidad de poder desconectar nuestras ideas de nuestras emociones. Algo que nos resulta muy útil en ciertas circunstancias, pero que nos lleva a vivencias complicadas en otras. En otros casos, nuestra propia supervivencia en la infancia o períodos traumáticos, nos ha obligado a desligar lo racional de lo emocional o, por lo menos, no ser muy conscientes de nuestras propias emociones.

Por eso, siempre recomiendo no desconectarse de las propias emociones y busco formas en las que ayudar a que se mantenga, despierte o refuerce esa conexión, con la ayuda de mis compañeras psicólogas con quienes trabajo en equipo. Esto no lo digo para invalidar ninguna idea política, sino para que vayamos, poco a poco, asumiendo los retos que seamos capaces de sostener con nuestra salud mental en cada momento. No porque nuestra salud mental sea peor que la media sino, precisamente, por algo relacionado con lo personal y lo político.

Para quien no conozca la frase popularizada por Carol Hanisch, «lo personal es político» se refiere, citando literalmente a Kimberlé Williams Crenshaw, «reconocer como social y sistémico lo que anteriormente era percibido como algo aislado e individual», algo que como nos recuerda Crenshaw, «ha caracterizado a la política de la identidad de los afroamericanos, otras personas de color, y los gais y lesbianas, entre otros».

En otra sociedad, con otras preocupaciones y proyectos, con otras condiciones de vida, seguramente no nos encontraríamos con tantísimos retos para la salud mental. Pero son todas las condiciones estructurales que nos afectan (cómo nos criaron, cómo nos educaron, en qué condiciones trabajamos y vivimos, qué expectativas tenemos en la vida, qué (escaso y menguante) soporte hay para nuestra vida, para nuestras redes, para la crianza y cuidado mutuo en cualquier edad, para la dependencia y la movilidad reducidas, las discapacidades a las que todo el mundo vamos llegando antes o después, para tener tiempo de vivir y vincularnos cómo desearíamos con las personas más importantes, para las elecciones que podemos hacer a la hora de alimentarnos, de cómo y dónde comprar, qué fuentes de energía usamos… ) Todo eso que no podemos elegir son pequeñas mochilas que van influyendo de forma inevitable en nuestras vidas y que, la sociedad actual, cada vez más, nos va presentando como elecciones que podemos tomar, como si tuviéramos la libertad de elegir.

Todas esas estructuras (la mononormatividad, la heteronorma, la monogamia obligatoria y tantas otras «normas») son las que hacen durísimo nadar contracorriente, cuestionarse y dudar de las propias decisiones, incluso identidades y vivencias, constantemente.

Precisamente, como tantas condiciones estructurales impactan nuestra vida y ya la hacen suficientemente complicada, tratémonos con cariño en el momento de pensar qué retos políticos nos (auto)planteamos, cuáles somos capaces de sostener, para poder seguir siendo al mismo tiempo esa red mutua de la que dependen, literalmente, nuestras vidas.

Buscar ese equilibrio es algo inevitable. En parte, tener que buscarlo es consecuencia del origen de algunos de los movimientos pacíficos más importantes de la historia: Los de los derechos de las mujeres (feminismo), de las personas racializadas (derechos civiles, antirracismo, anticolonialismo, etc) y de las «minorías» sexuales (movimientos de derechos LGTBIAQ+). Aunque esos movimientos tienen una larguísima historia, se convierten en derechos hace 50 años o menos. Y parte de esa lucha política se basa, precisamente, en crear conciencia. En hacernos conscientes de que lo que nos sucede, que la discriminación que se sufre no es algo individual, no es nuestro caso concreto y excepcional, sino algo que le sucede a otras muchísimas personas. Y esa conciencia ayuda a que nos podamos unir y luchar por ganar más derechos. Un cambio reciente en ese sentido ha sido, por ejemplo, la violencia obstétrica, sobre la que hubo una declaración oficial por la Organización Mundial de la Salud… hace sólo 10 años, en 2014.

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*Como a veces me trae problemas (con razón), no menciono quién me lo contó, ni dónde, aunque recuerdo su nombre, el lugar y el año. A pesar de recordarlo, no siempre es fácil contactar a esa persona y encontrar la manera de transmitir esas ideas públicamente y, al mismo tiempo, poder prever cómo se va a transmitir esa idea o lo que puede suponer su difusión pública.

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