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Por una ética de la ruptura amorosa (Brigitte Vasallo)

25 octubre, 2018 a las 12:01/ por
Fuente: https://www.flickr.com/photos/poolie/2319629762/

Llevo meses alejada de los espacios feministas y lesbianos de Barcelona como resultado de una situación que he tardado muchos meses en identificar como violencia porque se ha inscrito en el contexto de una ruptura amorosa. Y porque hemos interiorizado, a pesar de todo, que en rupturas todo vale y porque vivimos en un mundo donde los cadáveres emocionales no merecen ni un triste minuto de silencio.

Si lo hago público es por varias razones: a nivel personal, porque ya he intentando todas las formas privadas de mediación y la violencia no cesa; pero también, desde lo político, porque me corroe pensar en compañeras que han denunciado situaciones realmente bestias, y su denuncia nos ha salvado un poco a todas, y yo estoy muerta de miedo por algo mucho más pequeño y me siento muy cobarde y muy mentira si no denuncio también; porque tengo un montón de herramientas para protegerme y defenderme: tengo poder, tengo legitimidad, tengo visibilidad, tengo una red de amor que me ha salvado la vida, tengo la escritura, tengo todo. Y, si a pesar de tener todo eso llevo meses excluída de los únicos espacios de sociabilización que tenemos las lesbianas, ¿cuántas compañeras están encerradas en casa, tiradas en la cuneta, mientras sus ex parejas ocupan todos los espacios y ejercen un montón de violencias emocionales que no sabemos ni nombrar aún? Y lo escribo públicamente, también, para preguntarnos colectivamente qué hacemos con esta cuestión, como espacios que se quieren libres de violencias, qué hacemos como feministas y qué hacemos, también, como poliamorosas.

 

Con tantos años como llevo en este circo de los amores, he podido definir tres patrones generales de ruptura por sustitución, esto es, cuando aparece una nueva persona. Esto incluye los entornos poliamorosos, no caigamos en utopías. Sabemos que en las relaciones pretendidamente poliamorosas los abandonos son por negligencia. No se abandona a la persona cuando aparece una nueva sino que se la echa de la ecuación a base de desatención, o incluso de mentiras, confrontación e insostenibilidad de facto, hasta que se va.

A la primera forma de ruptura la llamo ruptura, sin más. Los parámetros del amor competitivo nos han hecho creer que una ruptura incluye cualquier cosa, y creo imprescindible que nos pongamos a pensar no solo en los amores éticos, sinó en la ética de la separación. Una ruptura es un proceso entre personas que se quieren o se han querido (se han amado, diría, porque el quererse va más allá del amarse) y que deciden cambiar la forma de relación. Pocas veces esto se da de mútuo acuerdo y es siempre doloroso, especialmente para la persona que cae de la ecuación al ser sustituida, pero el desconsuelo es más fácil y más vivible si todas las personas implicadas lo acogen y lo acompañan. Los procesos de duelo incluyen la rabia y la frustración, pero estas emociones también se pueden gestionar en el marco de la ternura. Darse tiempo y distancia es importante, así como pactar espacios de socialización y visibilidad en la vida real y en las redes sociales (ese gran espacio común del que nadie parece responsabilizarse) acordes con los ritmos del duelo de las partes implicadas. En una ruptura se pierden muchas cosas: un proyecto de futuro y de presente, una cotidianidad, unas relaciones familiares. Especialmente si hay criaturas involucradas de una u otra parte, es imprescindible una despedida respetuosa y desculpabilizadora. Porque la criatura pierde un referente adulto de la noche a la mañana y sin entender por qué le está pasando eso. Es decir, hace falta cerrar la relación, como haríamos con una casa o un proyecto. Porque una relación también es eso: una casa y un proyecto que cerramos. En las comunidades pequeñas, como las lesbianas y/o las poliamorososas, así como en comunidades rurales, disponemos de herramientas en este sentido y de muchos ejemplos de cómo hacerlo sin tener que inventar la rueda. Poniendo los cuidados, sin más, en el centro.

Hay otro tipo de ruptura por sustitución que incluye el abandono: considerar que el duelo ya no forma parte del espacio común. En comunidades grandes es posible un cambio de entorno y aplicar aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Esta es una ruptura clásicamente heterosexual pero no siempre es sencilla: repasad en vuestros grupos de activismos o de amistades y seguro que hay gente, especialmente mujeres, que ha desaparecido después de una ruptura y no se ha hecho nada al respecto.

Estos meses me han acompañado muchas amigas que trabajan sobre acoso escolar, historias de violencia entre iguales que están en situación de desigualdad, y que me han ayudado a identificar mi proceso como una situación de bullying (entre adultas y en patio de la escuela que es la vida). Esta forma de ruptura responsabiliza del abuso a la víctima, como en cualquier otro caso de acoso escolar. Es, también, un clásico del amor disney (lo que se llama “amor romántico”): la anterior compañera pasa a ser el enemigo a abatir para demostrar que la nueva pareja es el amor de verdad® y, como tal, único también de manera retrospectiva. Revisión de la noche al día de la historia común redefinida como error, como violenta, en una narrativa que aparece, casualmente, justo cuando aparece este nuevo amor. Esta forma de ruptura, llena de violencias gratuitas hacia la persona abandonada, solo se entiende pasándola por el tamiz de la confrontación femenina y la construcción de género. Que alguien deje a su pareja por ti es una inyección de ego en términos patriarcales que, si no tienes el feminismo incorporado más allá del discurso, lleva a un exhibicionismo obsceno y muy doloroso para la persona abandonada. Por otro lado, en contextos donde el poliamor ha puesto en duda la necesidad de sustituir una relación por otra, y en subjetividades contruidas como poliamorosas que de pronto quieren iniciar una relación monógama con la nueva persona, la violencia limpia la consciencia y la imagen de quien ha sustituido, camuflando la cuestión en una especie de autojusticia. La anterior pareja era tan mala persona que merece que se la violente.

Cambiar de pareja no necesita de todas estas justificaciones sociales. Es un proceso que forma parte del devenir de la vida, que es doloroso pero no necesariamente violento. Violenta es la manera de hacerlo, y es una decisión hacerlo así o no.

En mi caso concreto y después ya de muchos meses, tengo un montón de testimonios de que la crueldad hacia mí ha sido intencional. Es una de las cosas que tienen los entornos feministas: que llega un punto en que no puedes ver según qué actitudes, oir según qué bromas o según qué comentarios que se hacen sobre la ex compañera y quedarte tan pancha. Que haya sido intencional es una cuestión que quiero reservarme como privada. Lo que sí quiero poner sobre la mesa sin que por ello sirva de excusa de lo que se me ha hecho a mí, es la falta de cuidados, sostenida durante meses, y delante de testimonios. Esa sí es una historia común que hemos vivido muchas de nosotras. La cuestión es si nuestra política de cuidados incluye o desatiende estas formas de abuso que vivimos sin cesar. Y la cuestión es también, como feministas y/o poliamorosas, qué sucede cuando somos testigos y sentimos la incomodidad pero no sabemos cómo o hacia dónde canalizarla, y solo se nos ocurre enviar un mensaje privado a la víctima diciendo “no le deseo a nadie lo que te están haciendo a ti”.

El ruido de la violencia, incluso el ruido de estos mensajes de nacen del cariño pero llegan al puerto que menos puede actuar sobre la situación, a mí me hunde en el silencio. El abuso hace eso: avergüenza. Da vergüenza hablar, pedir ayuda y da vergüenza la sensación de culpa de no haber visto los indicadores o de no haberlos visto a tiempo. La vergüenza de una ruptura con bullying es la de haber fracasado amorosamente sin paliativos. De que aquello que creías amor se ha convertido en odio de la noche al día y delante de tus pasmadas narices. La vergüenza, también, de reconocer tu dolor porque lo crees consecuencia de la pérdida y no de unas prácticas violentas. Porque un duelo mejora con el tiempo, pero cuando estás en situación de violencia, todo es ir a peor, y te culpas de no estar mejorando, de no estar superando, de seguir tan hundida y tan ahogada.

La violencia también genera miedo, un miedo que crece y se retroalimenta, se canibaliza. En realidad, nadie puede herirte eternamente. Llega un día que la situación te es indiferente, en que ya no se te puede afectar más, ni decepcionar más. Pero queda el miedo de volver a ponerte en aquel estado de angustia. Es un miedo compartido, además, con el entorno. Al final, también sientes culpa de exponerte, ahora que ya puedes hablar, y arriesgar también al entorno y hacerle pasar de nuevo por la situación de emergencia emocional que llevan meses sosteniendo. Ahora que ya estás bien, te dices, tienes que volver a remover el fango. Y volvemos a empezar el ciclo infinito de la violencia donde la víctima no halla espacio, ni fuerzas, ni ganas para denunciar.

Eso también es consecuencia del abuso.

 

¿Y ahora qué?

Las compañeras que conocen bien el acoso escolar que explican que la clave para poner fin a la situación está en los testimonios, en su posicionamiento.

Desgraciadamente, seguimos considerando que el hecho amoroso no es tan político como para meternos; es como privado. Y que cuando una pareja se rompe, “pasan cosas”. De que, al final, todo vale. Y no, no todo vale.

Si la respuesta al bullying está en el posicionamiento del entorno y de que este diga claramente “así no”, tal vez es esta la respuesta colectiva que nos podría ser útil. Decir “así no”, “en este espacio no” y preocuparnos de cuando alguien desaparece de los entornos y vemos el percal. Porque nuestros mundos son pequeños y los percales se ven, si es que ponemos un poco de atención para verlos.

Es necesario que la vergüenza cambie de lado, que sea la obscenidad del abuso la que avergüence a la persona que está siendo abusiva con esa expareja que ni si quiera lo es: que queda reducida al cadáver emocional que dejamos tirado en la cuneta, a los residuos que abandonamos cuando ya no nos son útiles y que permitimos que se conviertan en eso, los cadáveres de nuestros amores feministas y repletos de palabreo sobre cuidados y sororidad.

 

Acabo aquí. Yo no responderé a réplicas porque esto no es una guerra: es una denuncia, personal y política. Porque quiero que esta situación cese para mi, pero también porque quiero que la experiencia vivida sirva para la experiencia colectiva. Que mi denuncia, decir bien alto “a mí también me ha pasado”, sea una pieza más para la construcción de una política amorosa que incluya una ética de la ruptura y que esté realmente a la altura de nuestros deseos y de nuestros espacios de cuidado y de seguridad.”

 


(Este artículo fue publicado originariamente en https://directa.cat/feminismes-cunetes-i-cadavers-emocionals/ y ha sido adaptado al castellano por la autora)

Texto compartido con la autorización expresa de la autora. La imagen elegida para ilustrar el texto no lo acompañaba originalmente. La fuente de la imagen es https://www.flickr.com/photos/poolie/2319629762/

1 Comentario a “Por una ética de la ruptura amorosa (Brigitte Vasallo)”

  1. witch of darkness dice:

    primero, igual especificar que quien te dejó es un tío y que quien te hace bullying una ex-amiga ayuda a poner en contexto las cosas porque de personal el escrito tiene mucjo pero de político no tanto y quien no sepa de qué va no va a sacar nada; segundo, tú no eres lesbiana y que te lo hagas llamar en un artículo sobre una rotura con un tío es de vergüenza; y tercero, no sé a qué espacios has dejado de ir si eres una académica burguesa y tu acción política es purísimo postureo

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