Renovando mi admiración por June Fernández (fundadora de Pikara Magazine) después de «Contenido explícito».
8 agosto, 2026 a las 9:42/ por moscacojonera
Es imposible que me pase sólo a mí: Cuando leo algo escrito con inteligencia artificial, siento que le falta alma. Que le falta un algo que no sé concretar, pero que siento que no está ahí. Es como si me encontrara con una réplica perfecta de mi abuela hecha con la IA. Sí, se parece muchísimo, recuerda todas las anécdotas, me llama con las mismas palabras. Pero le falta algo. No sé concretar qué. Pero puedo sentirlo.
Ya sucede con la música: se producen diariamente miles de canciones con IA. Como mínimo, se suben 50.000 (cincuenta mil) canciones generadas con IA a las plataformas de streaming. Se estima que en torno a un tercio (34%) de la música en plataformas es generada con IA. Y el 97% de las personas no eran capaces de distinguirlas. Lo mismo pasará con las películas, las series, las novelas y los libros. (Este es el estudio que mencionan).
Lo bueno es que solo un pequeño porcentaje de seres humanos es sociópata, como los millonarios detrás de la IA, Spotify o el accionariado de Palantir. La mayoría de la gente quiere que sea justo el pago a quienes crean música. Eso ha hecho avanzar a la humanidad una y otra vez, a pesar de la crueldad imperial de los últimos 500 años. Siempre hemos deseado y luchado por un mundo más humano.
Tal como nos avisaba Marta Peirano desde hace años, ya están aquí los nuevos monstruos, como lo cuenta en primera persona, en su libro, el fundador de Palantir, Alexander Karp. Lo resumen claramente, explícitamente, con un manifiesto, en twitter. El punto que viene al caso aquí sería el punto 4 de su manifiesto:
«Se han puesto de manifiesto los límites del poder blando, de la mera retórica grandilocuente. Para que las sociedades libres y democráticas puedan imponerse se necesita algo más que un llamamiento moral. Se necesita poder duro, y el poder duro de este siglo se basará en el software» (Fuente)
No sabemos 100% si la música, ni los vídeos, ni las fotos son reales o no. Como digo, en internet (la televisión de antes es internet ahora, con millones de canales) todo está inundado de entretenimiento sin alma. Ese fue el truco que usaron: inundar internet de contenido generado con IA (antes con bots, como los millones de comentarios falsos en blogs y redes sociales). No sentir ninguna emoción al conectar con alguien. Porque, en proporción, es complicado conseguir cruzarse con alguien real, con alguien con alma o ese «algo» humano que nos emociona al conectar. Sólo nos queda ser capaces de «sentir» ese alma o volver a compartir el alma presencialmente.
Ese alma es la que siento leyendo a muchas autoras y algún autor, sintiendo «algo» al leer a Alana Portero, a Maya Angelou, a Angela Davis, a Audre Lorde, a James Baldwin, escuchar a Marc Giró, leer a Claudia Rodriguez, a Flor Yuste, a Lucía Berlín, a Miriam Reyes, a June Pikara… La lista es infinita. Pero no todas las autoras la muestran. A veces muestran su capacidad, o sus conocimientos. O su cultura, entrelazando miles de referencias a otras obras. En mi caso, solo disfruto esa sensación, ese algo, ese alma. Esa es la que me encuentro al leer a June. Pero no la muestra de forma inmediata…
Es la segunda vez que leo el último libro que ha escrito, «Contenido explícito: Placer y censura en la cultura popular», pero es la primera vez que lo he leído entero. Tengo que admitir que primero intenté leerlo desde el principio hasta el final. Y se me quitaron las ganas, porque me encontré recibiendo muchísima información, completíiiiiiiiiiiiiiisima, sobre el reguetón, twerk, pole dance y striptease. Todos esos temas, en este momento de mi vida, me pillan lejos. No me interesaban especialmente, así que me costó tanto que acabé abandonando. En un segundo intento, fui leyendo los capítulos en orden inverso, desde el último hasta llegar a ese primer capítulo. Y ahí me he vuelto a encontrar muchas cosas que me encantan del trabajo de June.
El libro es engañoso, no sé si intencionadamente o como justificada estrategia de supervivencia. Da la impresión de ser una especie de COMPLETÍSIMA guía de viajes, ambientes, nombres, anécdotas de la sexualidad no normativa que ha habido en el Estado español en los últimos quince años. Muy densa. Con mucha información por página. Reuniendo muchos puntos de vista diferentes. Eso es algo que podría hacer una IA (aunque con menos alma, claro). Pero ella consigue sumarle algo, precisamente lo contrario que hace la IA: hablar de todo eso sin recurrir a los enfoques ya trillados.
Pero además June está escondida en cosas que sólo encuentro en ella.
La primera, su opinión, siempre desde la lucha clara y decidida, está entrelazada, como capas de una lasaña, entre las opiniones de otras personas. Y si no se pone atención, es fácil creer que una opinión de June es la de la persona entrevistada. Está una lucha clara, feroz, en absoluto ambivalente. Pero parapetada. Con razón. Como me dijo una amiga, una socióloga muy importante, «los mártires no valen para nada en la lucha». En todo caso, nos muestran el peligro de enfrentarse individualmente a poderes mayores y más crueles. Lo único que vale para defender nuestros derechos es lo que siempre funcionó: unirse a otras personas y luchar. Especialmente, al hablar de sexo y siendo mujer (¡mansplaining!), sabemos que el sexo distorsiona, embarra, sigue ensuciando todos los debates. Desautoriza a quién se compromete con el tema. Por eso es tan razonable estar pero no estar, sin tener que mostrarse de frente y ponerse a tiro para nada.
La segunda es un lío que afecta a la primera característica de June: esa sensación que creo que tiene ella de estar siempre en tierra de nadie. Lo sabemos bien en la bisexualidad, pero pasa en otros muchos temas, donde hay gente que queremos estar en las zonas grises. Eso nos hace dudar de si lo estaremos haciendo bien, de si estamos reflejando fielmente lo que queríamos decir, pero sin polarizar innecesariamente una cuestión. Ese miedo nos hace protegernos, escondernos un poco, para que no sea fácil ponernos la diana. Pero, aunque sea en segunda línea, siempre vamos de frente, siempre nos metemos en los líos en los que creemos que debemos de estar, donde creemos que podemos aportar nuestro grano de arena en esas luchas que llevan siglos desde las sexualidades no normativas.
Y eso lleva a la tercera característica valiosa que quiero destacar en ella: la valentía. Los principios que le hacen meterse a indagar, con sinceridad intelectual (que es la única forma de reconocer lo que sabemos y lo que no) en temas muy conflictivos, como hizo en su libro Sueños y vasijas sobre la gestación por sustitución. En este momento histórico, al que hemos vuelto un siglo después, en que se piden respuestas binarias, sí o no, ella contesta «pues aún no lo sé, déjame informarme, pensar y te digo».
La cuarta cosa que valoro es el lenguaje coloquial. Que mencione a Joaquín Reyes. Que sea ella. Que no escriba desde la jerga.
Eso es lo que encontré en el libro: muchos frentes de lucha en los que se posiciona claramente. O en los que indaga y trae entrevistas y opiniones, muy conflictivos y peligrosos en redes sociales, como el trabajo sexual o el porno. Da gusto compartir lucha con las mismas personas desde hace años. Que en un tema en el que abunda la falta de profesionalidad, June siempre muestre el mismo compromiso, que además completa con su humildad, transparencia, bondad y verdad.
