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Se puede afirmar, sin ninguna duda, que el deseo es construido

22 octubre, 2020 a las 9:00/ por
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Es uno de esos debates que nos encontramos a menudo en la calle: El deseo, lo que deseamos ¿es innato o es construido? Da igual las veces que se aclare, es uno de esos debates que vuelve una y otra vez, como si no hubiera quedado claro la vez anterior. Otra cosa es que esa pregunta sea utilizada para . Sin ninguna duda, se puede decir que el deseo es construido. Todo, absolutamente todo lo que ha sucedido en nuestra vida ha influido en nuestro deseo. Todas nuestras experiencias vitales, lo que hemos visto y experimentado a nuestro alrededor desde la infancia, todo lo que hemos aprendido de nuestra cultura, todo lo que nos han dicho, contado, enseñado, ocultado, todo, absolutamente todo ha influido en algo tan complejo como nuestro deseo.

Pero al hablar de la “construcción del deseo” casi siempre se suele hablar de “deconstruir el deseo” ¿Qué es “deconstruir”? El problema con deconstruir es que a veces su utiliza como si fuera posible desmontar todo lo que ha influido en nuestros deseos y volver a montarlo de una manera que nos parezca más apropiada para nuestra forma de pensar, nuestros principios, nuestros ideales… Una especie de autoterapia de conversión para tener los deseos “adecuados”. Algo que tiene tan poco sentido como intentar “deconstruir” nuestros sueños para que sean los “adecuados”, para que no aparezca nada que no coincida con nuestras ideas.

A ver si es que no tenemos un problema con los deseos adecuados o inadecuados, sino con la creencia de que tenemos que convertir en conducta lo que deseamos. Creer que los pensamientos inadecuados nos llevarán a tener conductas inadecuadas. Puro siglo XIX. Podemos tener los deseos que sea (como nuestros sueños) y que nunca lo convirtamos en algo que hacemos.

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Hay una idea muy extendida respecto al deseo que nos imagina como seres angelicales, sin pecado ni mancha alguna hasta que nacemos. Que nos imagina como un ordenador formateado donde puedes instalar lo que quieres, a tu gusto, para tener un deseo “natural”. Pero la verdad es que ningún ser humano ha crecido nunca aislado de toda cultura, en un estado “natural”. Esa fantasía de lo natural es la que busca argumentar desde lo irrebatible: desde lo natural, lo que es así y siempre será así. Y por ser natural, es bueno. Siempre cito a Marcos Sanz cuando se habla de “lo natural”, que dijo que “se le llama natural a lo que se le han borrado de las huellas de cómo ha sido impuesto”. Esa idea de que existe un deseo natural cree que puede haber un deseo no “contaminado” por la cultura.

Ese mismo enfoque es el que cree que, cuando vamos relacionándonos con nuestra cultura, nos vamos “estropeando”, vamos aprendiendo formas equivocadas de desear. Y que si recibiéramos solo la información “correcta”, desearíamos de forma “correcta”. Es el enfoque que cree que “deconstruir” el deseo significa analizar qué deseamos, decidir qué deseos “desinstalamos” para construir nuestro deseo a nuestra medida, para que encaje perfectamente con nuestras ideas, principios, valores… Ahí nos ha llevado la fantasía de la libre elección: a la creencia de que cada cual puede modificar su deseo a su gusto para que deje de ser conflictivo.

Deconstruir debería consistir en entender mejor cómo somos, quiénes somos. Y entender algo mejor nuestras emociones, los mensajes de nuestra cultura, lo que nos dice nuestro entorno, cómo convive con lo que dice nuestra familia, nuestras amistades, colegas de trabajo, con quienes vamos en el mismo autobús, cuando ligamos, qué nos decimos, qué pensamos de nuestro cuerpo, nuestros deseos, nuestras ganas, nuestras reacciones… Entender cómo todas esas piezas encajan entre sí, cómo interaccionan, pero (esto es importante) reconociendo que siempre habrá cosas que no tienen explicación, que hay cosas que no entenderemos. Y alejarse de la idea (irreal) que todo eso se puede desmontar y volver a montar como si fuera un Lego.

Debería ser un trabajo hecho con mimo cuando tratamos con un material tan sumamente frágil como todas nuestras vivencias íntimas, con nuestra propia biografía, con nuestras emociones, con todas nuestras pequeñas experiencias. Y en lugar de intentar cambiar lo que no nos gusta de nuestro deseo en esas autoterapias de conversión,  nos vendría mejor aprender sobre la diferencia entre lo que deseamos y lo que hacemos, aprender a diferenciar cuáles son nuestras fantasías y la nula necesidad de planificar cómo llevarlas a cabo. El que pensemos en algo no significa, en absoluto, que vayamos a hacerlo. Es el lío con los sueños y los deseos: creer que SOMOS nuestros sueños, nuestras fantasías, como si nos estuvieran dando claves “ocultas” de quiénes somos. Y eso unido a la creencia de que nuestra conducta es incontrolable, cuando no es cierto. Solo cuando nuestras ideas (cualquiera! no sólo las que tienen contenido erótico!) se convierten en intrusivas vendrá bien buscar ayuda profesional o recurrir a otros medios para manejarlas mejor en lugar de intentar suprimirlas constantemente, haciéndolas más presentes.

Nos ayudará mucho más entender que nuestro deseo, obviamente, es construido por todo lo que nos sucede en la vida.

 

 

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